¿Cómo nos sacudimos este miedo de encima?

Quizá antes de bajar la basura mira usted por la ventana, asegurándose de que no hay nadie en la calle. Pero asoma por el portal y ve que el vecino ha tenido la misma idea. De repente, ese metro y medio de acera se le antoja un espacio demasiado pequeño. Un perímetro de seguridad insuficiente. Igual esto le sucede ahora y cuando el confinamiento acabe y recobremos poco a poco la normalidad se ríe, con el vecino incluso, de ese temor que nos acecha estos días en los que las relaciones vecinales están condicionadas por la distancia de seguridad. Dos metros de una persona a otra, mascarilla si viaja en transporte público, guantes si entra al supermercado. Un día dejará de ser así. Pero, ¿se irá el miedo con la misma urgencia con la que se instaló?

«Cuando empezó esto decíamos: ‘El día que salgamos vamos a hacer una fiesta’. Pero no, no va a haber fiesta. Porque, aunque todos queremos salir a la calle, simbólicamente se nos ha metido en la cabeza que el único lugar seguro es nuestra casa y que fuera de este espacio todas las interacciones conllevan riesgo», advierte Pablo Santoro, profesor e investigador de la Facultad de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

El especialista augura unos primeros días de «miedo indiscriminado» que irá remitiendo. «El primer día te va a dar miedo todo: el pomo de la puerta de tu casa por fuera, tocar la fruta del supermercado… Porque todos estos actos que antes hacíamos de manera automática se han cargado de significado. Pero el segundo día probablemente ya no lo temamos tanto. La historia de epidemias anteriores nos dice que esos temores desaparecerán relativamenre rápido porque la normalidad se impone». Ahora, de ahí a poder ponerle fecha de caducidad al miedo… «Cuando haya una vacuna, por supuesto que el temor desaparecerá. Y se mitigará muchísimo cuando las autoridades empiecen a trasladar el mensaje de que esto está controlado».

– Imaginémosnos ya en la calle. Te encuentras con un amigo. Un buen amigo que hace dos meses que no ves. ¿Nos atreveremos a darnos la mano?

– Yo espero que sí, aunque eso no suceda la primera vez que nos veamos ni la tercera… Porque lo tenemos tan metido dentro… –dice Santoro.

Enrique García Huete, psicólogo clínico y profesor en la Universidad Cisneros, cree que el saludo del «codito» puede ser una buena manera de empezar. «A los amigos y a la familia acabaremos abrazándolos y dándoles dos besos, pero probablemente a alumnos o gente con la que no tengamos esa confianza ya no».

Más camino habrá que recorrer para que dejemos de reaccionar «con pánico» ante un estornudo. O para que no sintamos ese respingo al atravesar las puertas de las consultas de un hospital. «Siempre ha habido gente hipocondriaca que se imagina el hospital lleno de bacterias, así que ahora se va a intensificar», cree Huete.

Preguntado por esta misma cuestión, Santoro opina que el lugar más ‘conflictivo’ va a ser el transporte público, por las aglomeraciones. «Va a haber mucha gente que no quiera coger el metro o el autobús», advierte.

«Yo, desde luego, voy a ir a trabajar en coche. Mi madre no tiene más remedio que coger el metro y me da un miedo…». Habla así Carlos Camacho, madrileño de 31 años. Pertenece a la población de riesgo por un defecto cardiaco de nacimiento y está recién recuperado de un ‘positivo’ diagnosticado casi a la vez que se decretó el estado de alarma. «Me pueden llamar loco, pero yo iría con guantes una temporada larga. Y pensar en meterme en una discoteca, con la gente tan junta… Uff, a mí ya solo salir a la calle me queda grande», reconoce el joven. Y cuando lo haga, porque lo tendrá que hacer más allá de bajar a tirar la basura a veinte metros del portal, va a estar «con el runrún en la cabeza». «No sé, no sé cómo voy a reaccionar… Pero sé que me va a costar».

Sin llegar al extremo de Carlos, ya se han visto síntomas de ese miedo casi patológico. La otra cara del aplauso al sanitario, la más fea: mensajes anónimos en portales pidiendo a sanitarios y empleados del supermercado que no vayan a dormir a sus casas «para no traer el virus».

Y también todo lo contrario: «Hay gente más emocional y temerosa que va a sobrerreaccionar al salir a la calle. Es esa gente que está confinada en casa con temor. Y que son el extremo opuesto de esos que pasan de todo y que se montan una fiesta de veinticuatro horas en una discoteca oculta o se van a hacer surf, por ejemplo».

– Pero el miedo es normal, ¿no?

– Sí. El miedo es ansiedad y activación ante un peligro. Y con el coronavirus tenemos un peligro objetivo y evidente. Es como el que quiere aprender a nadar pero teme ahogarse. Tiene ganas de lanzarse al agua pero se altera solo de pensarlo.

– Guantes, mascarillas, hasta mamparas en los restaurantes… ¿Mejor eso que no acercarnos unos a otros?

– Todo lo que sea dar sensación de seguridad a la gente bienvenido sea. En Suecia, por ejemplo, no han tenido que poner mamparas en los bares ni adoptar medidas tan estrictas , y aun así hay pocos contagios. Pero es que allí la gente va a un bar y llevan puesta la mascarilla y respetan la distancia. Aquí, sin embargo, te abren el bar y la gente se pone a celebrarlo brindando todos juntos…

Además del miedo que provocan los datos de nuevos contagios y fallecidos, los especialistas advierten de otro temor: el que activa la incertidumbre. «No saber si habrá que salir con mascarilla o no, ni siquiera cuándo podremos dejar el confinamiento, ni cómo se va a hacer la salida progresiva a la calle… A veces la incertidumbre es peor que una mala certeza».

Y vamos bien servidos de incertidumbres: «No sé cómo vamos a reaccionar cuando estemos fuera. Si todos iremos con un gel desinfectante en el bolsillos y nos bañaremos en él antes de encontrarnos con otras personas», expone Santoro.

«Tu vecino ha perdido el trabajo y tú no… las diferencias van a profundizarse»

A Pablo Santoro hay algo que le da más miedo que tocar el pomo del portal, o las escaleras mecánicas del metro. Más que alguien tosiendo, incluso. Y es «la brecha de desigualdad que va a dejar la crisis del coronavirus» y que, recuerda, «ha sucedido con crisis anteriores». «No hemos salido todavía a la calle pero ya empiezan a notarse las diferencias entre la gente. Tu vecino ha sufrido una pérdida en la familia y tú no, un buen amigo se ha quedado sin trabajo a causa del parón mientras tú mantienes el empleo y el sueldo… Las desigualdades sociales se van a hacer más profundas y eso realmente me preocupa», reconoce el sociólogo. También los señalamientos a algunas poblaciones con mayor índice de contagios, o incluso a países que tarden más en superarlo y aflore «una xenofobia rara».

Por Yolanda Veiga, en Hoy.es

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